Ya no confío en nadie - Todd Hayen
Triste, pero cierto. Desde el fiasco del covid, he visto la verdadera naturaleza de la gente, o al menos la que estaban dispuestos a mostrar en cuanto el miedo se disparó y el rebaño empezó a moverse.
La mayoría siguen firmes bajo el cartel de “borregos”, contentos de pastar donde les digan. Un puñado diminuto se mantiene bajo el de “pensador crítico”. Esos son los únicos en los que todavía confío.
¿Y los borreguitos? Ya no confío en ellos. ¿Es que acaso lo hice alguna vez? Creía que sí, cuando era más joven y todavía pensaba que la mayoría de la gente era decente cuando las cosas se ponían feas. Resulta que eso era ser optimista.
Últimamente, esta pérdida de confianza me ha hecho pensar en el Lejano Oeste. No en la versión de Hollywood, sino en la de verdad. Por aquel entonces, casi cualquier hombre que quisiera seguir con vida llevaba un revólver. No era por puro adorno. Nunca sabías cuándo un desgraciado de mirada torva podía decidir que tu caballo, tu dinero o tu vida valían más para él que para ti.
Los sensatos iban prevenidos. Observaban a la gente. No daban por sentadas las buenas intenciones solo porque alguien sonriera y te dijera “hola, amigo”. La confianza era algo que se ganaba lentamente, normalmente después de que alguien demostrara que no te iba a vender en cuanto le resultara cómodo.
Así que, ¿iba la gente de aquel polvoriento y duro territorio confiando en sus vecinos? Ni de coña. Puedes apostar tu cuello a que no. Y los que lo hacían, los novatos que llegaban al pueblo creyendo que todo el mundo era buena gente, solían acabar desplumados, tiroteados, o ambas cosas. Los borregos de aquella época no duraban mucho.
No dejo de darle vueltas a eso porque me resulta incómodamente parecido a donde estamos ahora. La diferencia es que los lobos ya no necesitan esconderse tras un pañuelo. Llevan batas blancas, o se sientan en despachos de cristal, o te sonríen desde una pantalla de televisión mientras te dicen lo que tienes que hacer por tu propio bien.
Y los que son del rebaño no solo siguieron el rebaño. Muchos de ellos se convirtieron en chivatos.
Denunciaban a los vecinos por tener demasiada gente en casa para cenar. Rompieron con familiares que no querían pincharse. Subían memes de autosatisfacción sobre lo egoístas y estúpidos que eran los no vacunados, mientras sus propios hijos perdían años de colegio y sus padres mayores morían solos en residencias. Lo hicieron con la conciencia tranquila, porque las autoridades les habían dado permiso para ser crueles.
Esa es la parte que todavía se me atraganta. No que el gobierno mienta, los gobiernos siempre mienten cuando les conviene. Ni siquiera que la gran industria farmacéutica haga lo que hace, ganar montones de dinero sin importarle un pimiento quién pague los platos rotos. Lo que me jode es la gente corriente, esa que creía que era inofensiva, y que resultó estar más que dispuesta a volverse contra cualquiera que se saliera de la fila.
Las marujas con mascarilla. Los entusiastas del pasaporte covid. Los que parecían disfrutar castigando a los que no obedecían. Vi a viejos amigos, e incluso a familiares, hacer cosas impensables. Y lo hicieron sin pensarlo dos veces. Eso fue lo que me chocó: no tanto la traición en sí, sino lo fácil que les resultó. Lo poco que les costó.
El resto de nosotros fuimos los que no bajamos la guardia. Hicimos preguntas cuando la historia cambiaba constantemente. Nos fijamos en que los muertos no cuadraban con el relato. Nos negamos a fingir que “seguir a la ciencia” significaba seguir lo que nos decían los que eran dueños de la ciencia.
Por eso nos llamaron peligrosos, egoístas y, mi favorito personal, asesinos de abuelitas. La ironía habría tenido su gracia, pero hay que tener un humor muy negro. El verdadero peligro venía de la gente que más gritaba para mantenernos a todos seguros.
No sé si esta pérdida de confianza es permanente. Puede que se suavice con el tiempo. Pero ahora mismo se siente bastante sólida. Todavía tengo mi círculo. Esa es la gente con la que todavía puedo hablar sin preguntarme si la conversación va a terminar en una lista del gobierno o va a repetirse en la próxima reunión familiar como prueba de lo loco que estoy. Con ellos puedo bajar un poco la guardia. Nos cubrimos las espaldas. Eso cuenta para algo en un mundo donde la mayoría te van a vender en cuanto las autoridades les den una razón lo bastante buena.
¿Los demás?
Seré educado. Haré conversación trivial. Hasta te aguantaré la puerta. Pero no voy a volver a dar mi confianza solo porque alguien parezca simpático, comparta mi ideología o haya ido a mi mismo colegio. Ese barco zarpó en algún momento de 2021 y no va a volver en mucho tiempo. Una vez has visto a gente que querías convertirse en chivatos y verdugos, cambia la forma en que te mueves por el mundo. No vuelves a la antigua manera de ver las cosas. No puedes.
Quizá esa sea la verdadera lección aprendida en todo este lío. El Lejano Oeste nunca terminó realmente. Los lobos solo se han puesto mejores disfraces y la propaganda ha evolucionado. Y los borregos aprendieron a vigilarse entre ellos en lugar de esperar al mastín. Los que piensan seguimos aquí, eso sí, con los ojos abiertos, la mano cerca del revólver metafórico, sin especial interés en fingir que todo está bien solo para que los demás estén cómodos.
Todo esto parece haberse calmado un poco. Pero no te engañes. Sigue ahí. Esa es la parte difícil ahora: no puedes distinguir quién es quién. Pero sabes que está ahí. Todavía se ven mascarillas de vez en cuando, un indicio de que la mentalidad de rebaño y sus murmullos siguen bullendo bajo la superficie. No tenemos por qué ser malos con los desconocidos; todavía podemos querer a nuestros semejantes, por muy perdidos que estén, pero debemos ser cautelosos y no esperar automáticamente una mano amiga cuando la necesitemos.
Así que sí. Ya no confío en nadie como solía hacerlo. Y no estoy seguro de que eso sea del todo malo. Al menos, te abre los ojos.
Descubres quién está realmente contigo cuando la cosa aprieta. Y descubres quiénes solo estaban de comparsa, hasta que la cosa se puso fea. Los que se quedaron, esos son los míos. El resto puede ir a pastar a otra parte.
Fuente
https://off-guardian.org/2026/07/25/i-no-longer-trust-anyone/
Traducido por Counterpropaganda

