Hay imágenes que dicen más que cualquier editorial. En París arden barricadas en la Place de la République, y cientos de hombres jóvenes con el rostro cubierto se plantan frente a las llamas. A unas calles de allí, una pareja sale a correr como si nada. La vida sigue su curso, impasible, como sigue en una sociedad que se ha acostumbrado a su propia decadencia.
Entonces el presidente comparece ante las cámaras. Emmanuel Macron habla de rabia y de vergüenza, de ciudades arrasadas y de policías heridos. Se pregunta cómo pueden los franceses hacerle algo así a su propio país, por qué alguien asalta un ayuntamiento o prende fuego a una oficina de turismo. «Nada lo justifica», dice, «nada lo explica, nada lo excusa». Acto seguido, invita a sindicatos, profesores y estudiantes a una serie de mesas de diálogo.
Esa frase merece una lectura atenta. «Nada lo explica» no es una constatación, sino una pretensión de dominio. Viene a decir que está prohibido preguntar por las causas, porque la respuesta señalaría a quienes están hablando. Quien prohíbe el porqué ya no necesita hacer política: le basta con la porra. Yo, aun así, voy a hacerme esa pregunta. Y mi respuesta es una acusación.
La factura
Empecemos por lo más frío: las cifras. No prueban ninguna conspiración; son pura contabilidad, y son demoledoras.
Según los últimos datos, la inflación en la eurozona se sitúa en el 3,8 %. Parece poco, hasta que uno se fija en lo que la gente tiene que pagar a diario. Los precios de la energía subieron un 21,3 % en septiembre, después de un 16,7 % el mes anterior. Los derivados del petróleo se encarecieron un 36,2 %. Detrás de eso no hay un índice abstracto, sino lo que cuesta calentar la casa, ir a trabajar, mover la furgoneta del autónomo y transportar cualquier mercancía. La energía no es una partida más del presupuesto familiar: es, sin más, el precio de producir. Sin electricidad asequible no hay industria.
Los salarios no siguen el ritmo. Entre 2021 y 2025, el salario por hora subió de media en Europa un 19,2 %, y los precios, un 22,6 %. Es una pérdida de poder adquisitivo que se acumula año tras año. En Francia, los sueldos crecieron un 14,5 % y los precios, un 18 %. En Italia, donde ahora mismo arde Milán, los salarios subieron un 10,2 %, pero los precios lo hicieron un 20,6 %: allí la inflación duplicó la subida salarial. Quien conozca estas cifras no tiene que buscar mucho para entender por qué la gente pierde los estribos.
A esto se suma un país cuyo Estado se retira justo donde más falta hace. La deuda pública francesa equivale al 119 % del PIB, el déficit anual roza el 6 % y la tasa de pobreza es del 15 %. En el extrarradio faltan profesores. Hay centros escolares tan deteriorados que en invierno no se pueden calentar ni en verano refrigerar. Precisamente ahí empezó esta oleada de protestas: en un instituto de las afueras de París, por la falta de docentes y los recortes en educación. Alumnos y padres salieron a la calle de forma pacífica.
Uso el término austeridad y, como en la prensa se ha convertido en una muletilla, conviene explicarlo. Austeridad significa política de recortes: el Estado recorta en escuelas, hospitales, infraestructuras y prestaciones sociales para cumplir objetivos presupuestarios, y lo presenta como algo inevitable. Pero no lo es: es una decisión, y como toda decisión obliga a preguntarse quién la toma y a quién beneficia.
Adónde va el dinero
El dinero no ha desaparecido. Circula, solo que no hacia las escuelas. En los últimos años, los gobiernos europeos han tomado una serie de decisiones que a los ciudadanos les cuestan mucho y no les reportan nada.
Cortaron las relaciones energéticas con Rusia. El suministro de gas ruso cayó más de un 80 %, y los precios mayoristas de la electricidad y el gas llegaron en algunos momentos a multiplicarse por quince respecto a 2021. Jeffrey Sachs, que no es precisamente una voz marginal, sino un economista de prestigio mundial, lo resumió así en su conversación con Danny Haiphong: romper el comercio con Rusia fue un golpe más duro para Europa que para la propia Rusia, que reorientó sus exportaciones hacia China, la India y el resto de Asia. Europa, en cambio, compra ahora gas natural licuado a Estados Unidos, según Sachs, a seis veces el precio que pagaba antes por el gas ruso.
La Unión Europea ha aprobado más de veinte paquetes de sanciones contra Rusia y ya prepara el vigesimosegundo. Cada uno debía castigar a Moscú. Cada uno ha estrangulado un poco más la economía europea. Sachs afirma que la Comisión «sigue sin más en la misma dirección», mientras aumenta el riesgo de una guerra a escala europea. No hace falta usar la palabra locura para constatar lo siguiente: quien repite veinte veces la misma medida y cada vez obtiene lo contrario de lo que buscaba, o persigue objetivos distintos de los que declara, o ha perdido la capacidad de rectificar.
A ello se suma la guerra de Irán, que golpea a Europa por segunda vez. Europa es importadora neta de combustibles fósiles, y el barril de petróleo ha superado los 100 dólares. Según las cifras que Haiphong muestra en su programa, solo este año la crisis energética le ha costado a Europa 100.000 millones de euros adicionales, y en total se habla de 900.000 millones. Ese orden de magnitud encaja con todo lo que sabemos. Hay que sumar además la ayuda a Ucrania y el impulso al rearme que los propios gobiernos celebran como un «cambio de época», una expresión que, en el fondo, hace propaganda del empobrecimiento.
Y mientras la calefacción falla en los colegios franceses, Europa se prepara para una guerra contra una potencia nuclear. Scott Ritter, exmilitar que sabe de lo que habla, ha repetido en ese mismo programa que una guerra así sería el final de Europa. Eso no detiene a quienes toman las decisiones.
Primera acusación: complicidad con la guerra y, después, silencio
La guerra de Irán es, en palabras de Sachs, un «fiasco de enormes proporciones» y contraria al derecho internacional. Empezó en febrero, en plenas negociaciones nucleares que, según el mediador omaní, iban avanzando, uno o dos días antes de que mataran a la cúpula iraní en una reunión preparatoria de la siguiente ronda de negociaciones en Viena. Imaginemos por un momento que un país del Este hubiera actuado así. Los editoriales europeos rebosarían de indignación.
¿Y qué hizo Europa? Sachs estuvo en persona en el Consejo de Seguridad de la ONU el día después del ataque estadounidense. Describe una escena «surrealista»: los embajadores de Francia, del Reino Unido y de otros países europeos arremetieron contra Irán por haber respondido con misiles y drones, como si antes no hubiera pasado nada. Ni una palabra contra los agresores. Aparte de Pedro Sánchez, ningún dirigente europeo se atrevió a decir lo que entiende cualquier taxista de Marsella.
¿Y Macron? En enero, antes de los ataques, visitó a Trump y le envió un mensaje que el propio Trump hizo público: «En Siria estamos totalmente alineados. En Irán podemos lograr grandes cosas». Le ofreció una cena, una cumbre del G7 en París e invitar, al margen de ella, a ucranianos, sirios y rusos. Hoy, acorralado, ese mismo presidente habla de «la guerra de Trump» y se presenta como un simple espectador. Eso no es autocrítica, sino un intento de quitarse de encima la responsabilidad, y en un presidente al que, según parece, solo apoya ya uno de cada diez franceses, resulta especialmente patético.
Segunda acusación: gobernar contra los gobernados
Sachs ha dado los índices de aprobación: alrededor del 10 % para Macron, claramente por debajo del 20 % para el canciller Merz y en torno al 32 % para Trump. Todo ello es, según él, un «fenómeno occidental». Pero más reveladora que las cifras es la reacción de los afectados. No dimiten ni cambian nada. Proclaman su determinación de seguir adelante y lo consideran una muestra de fortaleza. Sachs lo llama por su nombre: un aferrarse obstinado al poder que, sin respaldo popular, carece de justificación.
Y esto va más allá de Francia y Alemania. Desde el Reino Unido, Sachs habla de un político que se vende como hombre del pueblo, pero viaja a Kiev a jurar lealtad en lugar de preguntar a sus ciudadanos si quieren ese rumbo. Y Bruselas, de donde Sachs acababa de volver, le parece «aún peor»: una Comisión que nadie ha elegido, que ni teme a los votantes ni admite la realidad, aprueba sanciones como si el invierno no tuviera consecuencias.
Que ese invierno se acerca no es una metáfora. Si nada cambia, Europa afrontará su primer invierno sin un suministro significativo de gas ruso y con las reservas de gas en niveles bajos. Donald Trump ha presionado a los europeos para que saquen al mercado sus reservas estratégicas y el gasóleo a fin de abaratar los precios. No ha funcionado. Una clase política que ve cómo su población entra en ese invierno mientras habla de objetivos de gasto militar no ha perdido su mandato porque alguien se lo haya arrebatado, sino porque lo ha dilapidado.
Tercera acusación: la respuesta es la represión
La respuesta a la calle es el toque de queda. Francia, Albania, Milán y otras ciudades lo imponen, y en París se baraja declarar el estado de excepción. Con él quedan en suspenso derechos fundamentales que hasta hace nada se consideraban intocables. La cronología demuestra que aquí ocurre algo más que una defensa ante un peligro. Las protestas empezaron siendo pacíficas, encabezadas por alumnos, padres y profesores. Las imágenes de los incendios llegaron después. Y entre una cosa y otra estuvo la violencia policial.
La policía francesa ha empleado granadas aturdidoras, y suspendió su uso después de que una de ellas le arrancara la mano a un adolescente. La BBC informó de ello. Amnistía Internacional lleva años calificando estas armas de instrumentos de mutilación y exige su prohibición. Quien recuerde a los chalecos amarillos de 2018 y 2019 conoce el balance: cientos de heridos en la cabeza, decenas de ojos perdidos por pelotas de goma, miembros amputados. No es un exceso puntual, sino un patrón documentado de las fuerzas del orden francesas. Cuando Macron da las gracias a los policías que «aguantaron» y no menciona a los heridos del otro lado, deja claro de qué lado está.
¿Qué significa todo esto para los saqueos? No pretendo edulcorar nada. Perjudican a tenderos y artesanos, a gente que no es el problema. Pero el saqueo, llámese como se quiera, es una expresión mal encauzada de frustración, y solo se entiende si uno se pregunta qué lo precedió. Quien humilla a la gente durante años, le niega escuelas y horizontes y luego la recibe con granadas no puede extrañarse de que la situación se desborde.
Hay otro plano en el que debo ser prudente. Que los Estados se infiltren en los movimientos de protesta y provoquen o toleren la violencia para deslegitimarlos no es una especulación, sino historia documentada. El exministro italiano del Interior, más tarde primer ministro y presidente de la República, Francesco Cossiga, explicó él mismo en una entrevista (que suele fecharse en 2008 y que se refiere a las revueltas estudiantiles de 1977) cómo lo habría hecho y cómo había que hacerlo: retirar a la policía de las calles y las universidades, infiltrar el movimiento con provocadores dispuestos a todo, dejar que durante diez días hubiera saqueos e incendios y después, con el respaldo de la indignación popular, golpear sin piedad y «molerlos a palos hasta mandarlos a todos al hospital», incluidos los profesores que los habían alentado. En el Reino Unido, una investigación oficial ha documentado que policías encubiertos se infiltraron durante años en grupos de protesta de izquierdas y enviaron miles de informes al servicio de inteligencia interior, el MI5. En Estados Unidos, el nombre de referencia es COINTELPRO, el programa de contrainteligencia del FBI contra los movimientos por los derechos civiles y de protesta.
No puedo demostrar que esa receta se esté aplicando hoy en Francia, y no voy a afirmarlo. Tampoco hace falta. Lo decisivo es la función: una violencia dirigida contra ayuntamientos y comercios acaba beneficiando a quienes quieren desacreditar la protesta. Quien sale ganando con la destrucción tiene interés en ella, y una clase política que responde a cualquier pregunta sobre las causas apelando al orden no es ajena a ese balance.
Cuarta acusación: el chivo expiatorio
Y luego llega lo de siempre: en cuanto algo arde en Europa, las redes sociales se llenan de un único tema, la inmigración. «Mirad a esos extranjeros sembrando el terror». El mecanismo es tan evidente como eficaz. Quien mira al vecino no mira la factura del gas ni mira hacia Bruselas.
La idea es sencilla, pero incómoda para ambos bandos. Es incómoda para la derecha, porque, en lugar de atacar las causas, convierte al más débil en el enemigo. Y es incómoda para el establishment, que necesita esa división y, a la vez, ha sentado sus bases. Porque esos mismos gobiernos que hoy presentan la inmigración como una amenaza contribuyeron a destruir Libia y Siria, dejaron que se asediara Yemen, no protegieron a Palestina y desestabilizaron el Líbano. De esos países la gente no vino por afán de aventura, sino porque le habían destrozado la vida. Y Francia, en particular, no tiene por casualidad su diáspora africana y de Asia occidental: colonizó Argelia, mandó a soldados argelinos a las guerras mundiales y masacró a manifestantes argelinos en la Francia de los años sesenta. Leer las huellas de esa historia como una «invasión de Europa» es darle la vuelta a la historia.
En Francia no se ha olvidado la pérdida de posiciones en África occidental, donde Malí y Burkina Faso le enseñaron la puerta a París. Entre las humillaciones que Macron ha sufrido allí está la de defender un orden neocolonial que ha perdido su razón de ser. También por eso las materias primas y los mercados con los que se contaba ya no son seguros. El imperialismo vive de las divisiones: los de arriba contra los de abajo, los de dentro contra los de fuera, unos contra otros. No las crea por maldad, sino porque lo protegen.
Quién gana y quién paga
Al final hay que hacerse la pregunta más sencilla: ¿quién gana con todo esto? La industria armamentística recibe pedidos. Los proveedores estadounidenses de gas licuado conquistan un mercado que jamás habrían logrado por sus propios medios. Inversores financieros, fondos de cobertura y sociedades de capital riesgo (empresas que compran compañías con dinero prestado, las reestructuran y las revenden) se lucran con el sufrimiento que generan el endeudamiento y el deterioro de los servicios públicos. Y a ellos se suman los bancos, que reciben rescates cuando las cosas se ponen feas.
Quién paga está igual de claro: los asalariados, los jubilados, los alumnos en aulas sin calefacción, los ayuntamientos con las arcas vacías. Danny Haiphong lo dijo sin rodeos en su programa: para estas élites, esto se ha convertido en la ley de su existencia. Cuanto más actúan así, más se enriquecen, sean cuales sean las consecuencias: nucleares, ecológicas o humanas. Es una formulación dura. Pero las cuentas salen, y eso basta para el diagnóstico.
Tres caminos
¿Qué pasará ahora? Veo tres posibilidades. La primera es un cambio de política bajo presión: los gobiernos no podrán seguir gobernando como hasta ahora si la población mantiene sus exigencias. La segunda es el endurecimiento: toques de queda, estado de excepción y más violencia, quizá de forma coordinada entre varios gobiernos. Eso puede volverse en su contra y agrandar el polvorín. La tercera, y para mí la más probable, es el desgaste: un movimiento que aún no está bien organizado se debilita por las imágenes de violencia, la división y la infiltración, y el statu quo se mantiene hasta la próxima chispa.
Detrás de todo esto está el contexto general. Dentro de pocos días hay elecciones en Israel, y el 4 de noviembre, en Estados Unidos. Se multiplican las advertencias sobre nuevos ataques contra Irán. Mientras tanto, Europa se pone al frente de una confrontación con Rusia y toma así, como advierte Sachs, el camino más corto hacia la catástrofe. Dos frentes y un continente que ni siquiera es capaz de calentar sus escuelas: así están las cosas.
El veredicto
No llamo a la violencia. Quien diga lo contrario solo busca desviar la atención. Mi acusación no va contra la gente que está en la calle, sino contra quienes construyeron esa calle. Encarecieron la energía, devaluaron los salarios, vaciaron los servicios públicos, apoyaron guerras o las silenciaron, dieron por perdidas negociaciones en curso y respondieron a cualquier pregunta sobre las causas con la frase de que nada lo explica. Después impusieron toques de queda, ordenaron lanzar granadas y desviaron la mirada de la población hacia el vecino.
No son fallos aislados. Es un sistema, y tiene nombre: poder sin rendición de cuentas. Sachs lo expresó así: los gobiernos se han sustraído a todo control constitucional, y la gente se pregunta qué están haciendo en realidad mientras empujan al mundo cada vez más cerca del abismo.
Y volvamos a la pareja que corre por París mientras arden las barricadas. Esa imagen nunca fue una imagen de serenidad. Muestra cuánto tiempo puede uno permitirse no mirar. Las élites europeas ya han agotado ese tiempo, y ni siquiera lo saben.
Fuente:
https://apolut.net/europa-brennt-und-seine-eliten-halten-die-streichhoelzer-von-dirk-ellerbrock/
Traducido por Counterpropaganda

