De verdad no les importa - Todd Hayen
Puede que esto no se aplique a todos los “borregos”, pero a muchos de los que me he encontrado sencillamente no les importa. Puede que esta sea la razón por la que, por mucho que les repitamos los hechos hasta la saciedad, no conseguimos que les entren en la cabeza. Claro que las personas con las que he hablado quizá solo digan que no les importa para que me calle, pero la verdad es que no lo creo. Parecen bastante sinceras.
¿Cómo es posible que no les importe? Ahí está la pregunta del millón. La gente, en general, no se preocupa por las cosas que no ve que les afectan directamente. Debería, pero no lo hace. La gente de hoy en día, al menos, no parece muy hábil discerniendo qué cosas les acabarán pasando factura si no les prestan atención. Creo que antes a la gente se le daba mejor detectar este tipo de cosas.
Antes veían una guerra en un país vecino, por ejemplo, y decían: “Hmm, si no hacemos algo al respecto, esos sanguinarios saqueadores puede que acaben viniendo aquí.” La gente que pensaba así (anticipando que esas cosas podrían acabar pasándoles factura) desapareció hace ya mucho tiempo, si es que alguna vez existió.
Aun así, mi argumento sigue en pie: si algo no les afecta directamente en el momento presente, no les importa.
Lo siento, pero a mí eso me parece raro.
Y, por supuesto, la gente parece muy incoherente con esto. Hay cosas que sí les importan, y normalmente esas cosas no son tan importantes como las que deberían importarles.
Tomemos como ejemplo el control de la inmigración y la aplicación de sus leyes. La mayoría de la gente de izquierdas parece preocuparse muchísimo por el trato que da el ICE a las personas sospechosas (o legalmente declaradas) de estar en Estados Unidos de forma ilegal. Les preocupan sus derechos, sus familias y la manera en que son detenidos y deportados. Sí, algunas de esas preocupaciones son legítimas.
Todo el mundo debería recibir un trato justo y respetuoso por parte de las fuerzas del orden, y si no es así, es justo quejarse por los cauces adecuados. Pero a esa misma gente no parece preocuparle lo más mínimo cómo millones de personas ilegales, muchas de ellas con antecedentes penales, van a degradar la forma de vida de todos los que ya viven aquí.
A menudo pregunto: “Entonces, ¿queréis fronteras abiertas y, como consecuencia, no tener nunca leyes que hagan cumplir las normas de inmigración?” Y siempre responden: “¡Ah, no, yo sí creo que deberíamos controlar nuestras fronteras!” Está claro.
Con la libertad de expresión pasa lo mismo. La gente parece preocuparse por el discurso de odio y por las opiniones que no encajan con su visión del mundo, como cuando Charlie Kirk hablaba de los aspectos negativos del transgenerismo o del aborto. Pero si les preguntas: “Entonces, ¿no creéis en la libertad de expresión? ¿Pensáis que la Primera Enmienda de la Constitución de EE. UU. es una idealización sin sentido?”, siempre responden: “¡No, claro que creo en la libertad de expresión!” Pero no es verdad. Está claro.
No son capaces de ver lo bastante lejos como para reconocer las consecuencias de elegir a dedo qué discurso permitir, eliminando lo que consideran ofensivo y quedándose solo con “lo importante”. Por desgracia, eso no se puede hacer, y hasta hace poco la gente lo sabía. La libertad tiene un precio, y a veces no es agradable.
Creo que buena parte de esta actitud de “no me importa” viene de que a la gente ya no le importan demasiado los principios. Claro que eso depende del “principio” en cuestión. Volviendo al ejemplo de la inmigración para ilustrar esto: los que se oponen a deportar a los inmigrantes ilegales parecen guiarse por principios como la “bondad”, el “amar al prójimo” o la idea de que “no hay que hacerle daño a nadie, por casi ningún motivo”.
Y sin embargo se contradicen de mil maneras: esperan que a alguien lo metan en la cárcel por no llamar a otra persona por el pronombre que ha elegido, o defienden que arresten a alguien por dar un discurso sobre las atrocidades que se cometen en Gaza. Eso lo consideran discurso de odio, y en esos casos les parece bien que te detengan. Pero colarse ilegalmente en Estados Unidos, o hacerlo mintiendo sobre tus antecedentes penales, eso sí que está bien.
Tengo la sensación de que los “despiertos” son muy conscientes de los principios. La destrucción de la libertad de expresión, e incluso la aniquilación de la privacidad en Estados Unidos, no necesariamente nos afecta a todos de forma directa (salvo durante el covid, cuando sí que afectó, con la persecución a los no vacunados y la pérdida de empleos y de sustento). Para muchos de nosotros es “una cuestión de principios”. Es la destrucción indiscriminada de los mismísimos fundamentos sobre los que se fundó nuestro país (Estados Unidos).
No solo nuestros derechos constitucionales, sino también los derechos inalienables que nos concedió nuestro Creador. Las señales están claras: se avecina un futuro en el que ninguno de nosotros estará cómodo. Oímos el tren que se acerca, tomando la curva, y la cosa no pinta bien.
Así que puede que los despiertos tampoco nos alteremos por las injusticias hasta que las sintamos en carne propia, pero también puede que veamos lo que se avecina de forma más lógica y pragmática que los borregos. Aunque eso también es discutible. A los borreguitos desde luego no les cuesta nada perder los papeles por Trump, aunque hay poco de lo que él hace que les afecte negativamente de forma directa (al menos hasta hace poco).
Ellos también afirman estar mirando hacia una calamidad futura para justificar su odio. Y sin embargo los canadienses adoran a Carney, y no parecen ser capaces de ver lo que sus maniobras le están trayendo a Canadá: una inflación disparada y precios de la cesta de la compra por las nubes, déficits y una deuda nacional que no deja de crecer (ya mayor que la propia economía), impuestos más altos y una escalada de tensiones comerciales con Estados Unidos a través de represalias arancelarias y políticas proteccionistas que, según sus críticos, arriesgan una recesión y un declive económico a largo plazo. O, probablemente lo más devastador, meterse en la cama con China y el Partido Comunista Chino (”No es comunismo”, les encanta bramar, “es socialismo”. Ja, ja.)
Vemos estas incoherencias de muy diversas maneras. El enfoque de Obama respecto a la guerra con drones se ignoró por completo, y sin embargo cualquier cosa parecida que hiciera Trump (antes de la catástrofe de Irán) se consideraba criminal.
Pero, ¿de verdad les importa? ¿O es que simplemente son curiosamente selectivos con lo que les importa?
Quizá sea esto último lo que en realidad estamos viendo: que sí les importan las cosas, pero las equivocadas, y que, en cambio, no les importan las que de verdad deberían importarles. Quién sabe. Lo único que puedo afirmar con certeza es que es raro. Muy raro. Y eso sí que me importa.
Fuente:
https://off-guardian.org/2026/08/03/they-really-dont-care/
Traducido por Counterpropaganda

